Entrevistas

#RevistaCactus/ Entrevista a Lina Meruane

Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970) publicó en 2014 la primera versión de Contra los hijos, un ensayo en el que denunciaba una tendencia de los discursos culturales en los que, amparándose en los hijos, se pretendía devolver a las mujeres al encierro doméstico. Meruane habla de la relación entre maternidad y capitalismo, la relación de las “no-madres” y las “antimadres” con las madres totales y, sobre todo, de ese individualismo que está cubriendo todas las relaciones sociales. Aprovechamos su visita a Barcelona para preguntarle sobre estas cuestiones, pero también sobre esa necesidad de evaluar al Estado y exigirle cambios que se materializará el próximo 8 de marzo con motivo de la huelga feminista.

Desde aquella primera versión de Contra los hijos a la de ahora, ¿ha cambiado mucho el panorama de la maternidad?

Hubo un cambio generacional, desde la época de mi madre a la situación materna de mis contemporáneas. Esto sucede cada 30 años, por lo que no siento que haya habido, o no he percibido, un cambio muy importante desde el primer momento en que pensé el tema hasta ahora. Si acaso habrá habido una agudización de lo que ya venía pasando: un exceso de roles que están volviendo al espacio de lo doméstico, de la familia, con la sobrecarga de trabajo que tienen padres y madres pero, sobre todo, las madres, porque la estructura nuestra es así y las madres siempre cargan más. En cada momento que se recorta una subvención del Estado hacia la familia, algo bastante frecuente, se suma un problema a lo doméstico. Es ahí donde empieza a recaer toda la responsabilidad sobre las gentes abandonadas por el Estado, entre ellos los enfermos, los viejos y también los niños.

«Creo que es una manifestación importante, no solo como recordatorio, sino como efecto político»

En tu libro mencionas que ha llegado el momento de evaluar al Estado y exigirle lo que corresponde. ¿Es la huelga feminista del próximo 8 de marzo el camino?

Como digo en el libro, sí pienso que es un momento para exigirle más al Estado. En cierta medida, el Estado solo escucha a sus ciudadanos cuando le cuesta votos y por eso una marcha tiene importancia, sobre todo si se suma mucha gente. Las manifestaciones callejeras, no solamente por su peso numérico sino también por la difusión que puede tener en la prensa y ser un signo de alerta, funcionan como elemento de presión. Los partidos prestan atención a los números porque piensan en sus votantes, en qué cuestiones están importando a su ciudadanía y por cuáles puede elegir a un representante u otro.

Me parece importante esta manifestación y también me parece interesante que las feministas que han decidido salir a la calle, y las mujeres que no necesariamente se declaran feministas pero que también deciden salir a la calle, hayan pedido a los compañeros, a los hombres, que no se manifiesten con ellas. Quieren visibilizar que las mujeres están recibiendo el peso de esta sobrecarga, de esta discriminación salarial, de estas dificultades en lo doméstico. Me parece importante que los hombres apoyen, pero que busquen otra manera de dar su apoyo como, por ejemplo, supliendo o hablando a favor. También he escuchado a una representante de las trabajadoras domésticas —por supuesto son sobretodo inmigrantes que tienen una seguridad laboral inexistente y aunque están muy de acuerdo con la huelga, no pueden plegarse a la huelga porque sus lugares de trabajo están en una situación de riesgo— decir en la Cadena SER que lo que ellas han decidido hacer es colgar los mandiles, los delantales, en las ventanas y los balcones para mostrar también su apoyo. Creo que es una manifestación importante, no solo como recordatorio, sino porque pudiera, y ojalá lo tenga, tener un efecto numérico. Es decir, político.

Acabas de mencionar a las mujeres que no se pueden sumar a la huelga por miedo a perder sus puestos de trabajo. En el libro dedicas un espacio también al papel que desempeñan los empresarios y empresarias que desestiman a las madres y a las mujeres.

La tradición era que el empresario desestimara el lugar de las mujeres y por eso las mujeres son discriminadas salarialmente y tienen poco apoyo, muchas veces no hay guarderías ni salas de lactancia en las empresas o ayudas más allá de las que imponen las pocas leyes que protegen a las mujeres. Aún así, las mujeres están encontrando dificultades laborales. Siempre habíamos pensado que eran sobre todo los empleadores, pero también empezamos a encontrar a mujeres que tienen el poder de toma de decisión en relación al trabajo que se pliegan a estas demandas de la empresa y que también son parte de este sistema de discriminación.

He sido muy crítica con un cierto feminismo acomodado, un cierto sector laboral en el que están incluidas las mujeres con poder, con cierto privilegio, y en el que se olvidan de proteger a las mujeres que están por debajo de ellas. No porque una se pliega con una idea feminista debe sencillamente conceder que cualquier mujer, por ser mujer, sea feminista o que se va a hacer cargo de ciertas demandas feministas. Me parece también importante apuntar y recordar a las mujeres que también tenemos que tener una solidaridad con las otras, y no solamente con las otras más vulnerables, sino que también, de vez en cuando, con los otros que también están en situaciones desventajosas y vulnerables. El feminismo no debe ocuparse sólo de la situación de las mujeres sino que tiene que ocuparse de la vulnerabilidad de todos.

«El Estado capitalista, con su lógica neoliberal, lo que ha hecho es reemplazar los valores de la solidaridad social por la competitividad»

Lo cierto es que a lo largo de todo el ensayo se ve la estrecha relación entre maternidad y capitalismo y cómo la mujer nunca sale bien parada de esa relación.

Fue una cuestión que agregué en la versión actual del libro aprovechando que tuve tiempo de seguir pensando algunas cosas. Aunque la relación entre maternidad y capitalismo estaba en la primera versión, no estaba bien atada. Lo que yo vi fue un doble escenario: por un lado, que todos los recortes del Estado terminan afectando a la familia en general y a la mujer en particular en cuanto a que se suman los cuidados de otros, los ancianos o los enfermos —la gente que ha sido abandonada por el Estado— además de los hijos, pero también el hecho de que las mujeres sigan sufriendo la desigualdad salarial. Dos puntos, al final, en los que las mujeres no están siendo protegidas por el Estado capitalista.  

Por otro lado, a esto hay que agregar que el Estado capitalista, con su lógica neoliberal, lo que ha hecho es reemplazar los valores de la solidaridad social por la competitividad: la idea de que cada uno se tiene que arreglar por su cuenta y que tiene que competir con los demás para estar mejor. Los padres contemporáneos han sentido esta presión y por supuesto, como cualquier padre o madre, han querido tener asegurado un futuro que cada vez es más difícil de asegurar para sus hijos. Han puesto a sus hijos a competir también con los otros hijos, han dejado de apoyar la educación pública, han respondido a las exigencias del mercado de dar más apoyo a los hijos, de dar un suplemento educativo en el hogar, de ponerles a estudiar todas aquellas cosas que en la escuela no dan, de hacer tareas con ellos… pero también sumando a eso el hecho de entregarles todos los medios, todos los aparatos, todos los juguetes que les van a hacer más competitivos. Incluso hay muchos niños por ahí que ahora están estresados porque se han convertido en el proyecto de éxito de los propios padres, han empezado a representar esta lógica del éxito de la familia. Me parece que ahí hay dos puntos que tienen que ver con los valores del capitalismo, que son bastante preocupantes y que se ven claramente como una tendencia.

De hecho, los mensajes del capitalismo son contradictorios: por un lado, te dice que tengas hijos, pero por otro que esperes, que sigas produciendo, y al final muchas mujeres terminan pasando por duros procesos de reproducción asistida. ¿Es todo demasiado frustrante?

El capitalismo cuenta con el trabajo invisible de las mujeres, el trabajo doméstico. Por un lado, acerba la productividad mal (o peor) pagada de las mujeres y, al mismo tiempo, cuenta con que todo lo que el sistema capitalista no va a hacer por su sociedad recaiga sobre las mujeres. Es lo que en inglés llaman “lose-lose”, en cualquier situación es un perder. En efecto, el capitalismo es muy contradictorio en muchas de sus lógicas.

Contra los hijos de Lina Meruane

«El feminismo no debe ocuparse sólo de la situación de las mujeres sino que tiene que ocuparse de la vulnerabilidad de todos»

También hablas de la falta de solidaridad, del individuo. Da la impresión de que, a pesar de que la mujer ya no está confinada en el hogar, sigue estando igual de sola que entonces.

Creo que las mujeres, en un punto, estamos más acompañadas. Lo que pasa es que la dificultad de las madres, pero también de las no-madres en otros sentidos, está siendo poco escuchada. Dicen: “ya tienen todo lo que quieren, pueden trabajar, ¿entonces de qué se quejan?” Pero ese no es el punto, el punto es que las madres están muy desasistida, aun cuando en algunas situaciones que me parecen muy celebrables los hombres se hayan hecho más cargo de su mitad. Pero también ha habido una especie de alianza en la que cada vez hay más presión sobre la familia, incluso en situaciones más ventajosas que no son las típicas, que no son tan comunes, en las que los hombres se hacen cargo de su mitad.

También hablas de las no-madres y las anti-madres, ¿son estas últimas un ejemplo de la falta de sororidad?

El problema de la sororidad es enorme porque ya viene dentro de un marco que es el de poner a las mujeres a pelearse entre ellas para dividirlas. La mujer tiene que tener siempre esto en cuenta. Por lo tanto, tanto las “anti-madres” como las “madres totales” tienen que tener un poco más de visión sobre cómo se solidarizan con las otras. Me parece importante que no se piense lo materno o el lugar de la mujer desde concepciones muy rígidas, que haya espacio para todas, pero también que exista ese debate entre las mujeres que reivindican su no maternidad, las que la asumen de manera menos polémica, las madres divididas y también las “supermadres” y “madres totales”.

Digamos que, por un lado, hay que pensar la situación de las otras —como yo misma digo en el libro es muy fácil burlarse de la otra—, y tratar de entender dónde están los mecanismos que activan a la otra: tanto a la “anti-madre”, que probablemente sea alguien que ha sufrido mucha presión y la ha pasado muy mal en este tema y por lo por lo tanto ha adquirido una posición más radical, como a la “madre total”. Ahí están los dos polos, que son muy criticables, pero también tienen un motivo de ser y habría que intentar tratar esa discusión, enfocarla, de una manera más amplia: entender de dónde vienen estas posiciones, pero también cuestionarlas porque cualquier discurso crítico debe cuestionar no solo a los otros, sino también la propia situación. Un discurso crítico no necesariamente es un discurso contrario a la sororidad, sino que hay un pensar juntas que también es importante.

«Un discurso crítico no necesariamente es un discurso contrario a la sororidad, sino que hay un pensar juntas que también es importante»

Dices que la infancia es un invento tardío, y hablas del pequeño tirano como instrumento que la sociedad ha creado para nuestra libertad.

Hice un repaso histórico y pensé en el lugar del hijo no como persona individual sino como un dispositivo, un signo que ha tenido diferentes funciones dentro del espacio de la familia, del espacio social. Si uno retrocede en el tiempo o, sin retroceder, en ciertas comunidades tradicionales en las que aún sigue siendo así, el hijo era un miembro de la familia adulto a partir de los seis años, formaba parte del sostén económico y por lo tanto tenía los mismos deberes y derechos que el resto de los adultos de la casa. Se tenía muchos hijos porque se requería esa mano de obra.

Eso que nos parece ahora muy triste, tener a los hijos trabajando, y que pertenecía a un momento de la historia de la familia y la economía, se ha ido transformando lentamente hasta conseguir protecciones para los hijos y convertirlos en el centro de la familia. Cuando uno examina cómo se han vuelto ese centro, la cantidad de tiempo que piden esos hijos o cómo han ido recortando los derechos de los propios padres incluso a niveles judiciales, se ve también una especie de extremo opuesto que también me parece peligroso.

De hecho, la figura del hijo tirano yo la saco de estudios sociológicos que se han hecho en España, donde ha aumentado la violencia doméstica, pero no de la pareja sino del propio hijo contra la madre. En qué medida esta transformación del lugar del hijo ha entregado tanto poder, tanto derecho al hijo, que se ha vuelto una figura abusiva y problemática, evidentemente no en todas las casas. Pero ese incremento marca también una tendencia preocupante y creo que tiene todo que ver con este cambio del lugar del hijo en la familia, muy auspiciado por la propia lógica del capitalismo y refrendado por el sistema político, judicial y económico. Más allá de una diatriba, examina los momentos más críticos y tal vez más exagerados, que por supuesto no es la situación de la mayoría de las familias, pero sí a modo de una figura nueva que responde a esos procesos que están ocurriendo hoy.

Precisamente contra estos hijos tiranos, que luego dejarán a sus padres abandonados, son contra los que te rebelas.

“Rebelo” es una forma lúdica de decirlo, pero sí que me parece muy preocupante esa figura y el hecho de que el hijo esté volviendo a ser usado, en su sentido más simbólico, para reformular la relaciones domésticas y laborales, políticas incluso. Me parece que este libro, más que ser una rebeldía contra los hijos en sí como personas, es más bien una llamada de atención: hacia dónde va, cuál es la tendencia. Veo el libro también como una cajita de herramientas críticas para pensar nuestro momento micro, que sería el espacio doméstico, pero también macro, de dónde viene o qué empuja a formar esta tendencia a crear este problema.


(Entrevista obtenida desde Revista Cactus, por Elizabeth Casillas. Puedes leerla aquí.)

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